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Las alegrías y las penas de los marinos filipinos que trabajan a bordo de los cruceros

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Este artículo está disponible en inglés.

Hace unos años, emprendí una aventura a través de los mares trabajando como músico de crucero. No sabía exactamente cómo iba a ser esa experiencia, pero sin duda alguna, el hecho de que la mayoría de trabajadores fueran filipinos, fue de las primeras cosas que me llamó la atención. Desde el primer día, tuve la suerte de poder compartir mi tiempo y trabajo con un músico filipino llamado George.

“Nosotros los filipinos somos muy buenos empleados. Trabajamos duro, trabajamos bien en equipo, no nos quejamos y siempre estamos contentos”, George me dijo después de preguntarle acerca del número de filipinos trabajando a bordo del primer barco en el que me encontraba, el Celebrity Silhouette, propiedad de Royal Caribbean.

A medida que transcurrían las semanas, pude observar la manera en que los filipinos se relacionaban entre ellos, entre sus compañeros de distintas nacionalidades y entre sus superiores. No pude evitar caer en ciertas reflexiones.

Los veteranos en este tipo de turismo saben que una de las principales razones por la cual reservan unas vacaciones a bordo de un crucero es el servicio, otorgado por uno de los sectores laborales más curiosos y únicos en el mundo: la tripulación.

La tripulación en un crucero es una gran familia compuesta de al menos 30 nacionalidades distintas. Los países de origen más populares son la India, Indonesia y por supuesto, Filipinas. Se estima que aproximadamente un tercio de la tripulación de todos los barcos procede de éste archipiélago.

Antes de la crisis sanitaria, el número de filipinos trabajando en el extranjero, conocidos como “Overseas Filipino Workers” (OFWs por sus siglas en inglés) era de unos 2.3 millones en 2018.

Por mi experiencia, es totalmente cierto que trabajar en un crucero en la mayoría de posiciones es duro: largas jornadas, turnos dobles o triples sin días de descanso y muy pocas horas libres. Otro factor importante es el hecho de estar trabajando lejos de tu casa y de tu familia. La mayoría de contratos laborales para los filipinos son de entre 6 y 8 meses, seguidos de un período de aproximadamente 2 o 3 meses en casa, a menudo incluso menos.

La mayoría de tripulantes coincidió en que todo este tiempo lejos de tus seres queridos es uno de los aspectos más duros de este trabajo. “Lo peor de trabajar aquí es cuando la añoranza te ataca. A la vez, cuando hay algún problema en casa tienes que ser consciente de que no vas a poder estar ahí por tu familia y no habrá mucho que puedas hacer, aparte de rezar. Para trabajar como tripulante tienes que ser fuerte pase lo que pase”, explicó Ron Tuazón, músico de orquesta desde hace más de 3 años.

Desde hace años que los filipinos son considerados un pueblo trabajador de confianza. El hecho de que sean contratados en muchísimos puestos de trabajo de sectores diferentes confirma esta afirmación.

“Proveen un nivel de servicio tremendo. Los clientes están encantados con ellos”, dijo en 2016 Richard Fain, director general de Royal Caribbean LTD, que solo en 2019 facturó alrededor de 10 billones de dólares.

Salarios competitivos

Habiendo nombrado algunas de las dificultades que supone trabajar en un crucero, me pregunto entonces por qué tantos filipinos optan por este modo de vida. Según la opinión de la mayoría de filipinos entrevistados: muy difícilmente se logra en las Filipinas un empleo con un sueldo parecido al que reciben los tripulantes. Todos los entrevistados coinciden en que el motivo principal es la oportunidad de brindar estabilidad económica para su familia. Muchos de ellos también aseguran que, muy a menudo, en Filipinas, el nivel de requerimientos para un trabajo está muy por encima del sueldo a percibir.

Tessa Jean Noel es músico y vocalista a bordo de los cruceros desde hace más de 15 años. Me explicó que, lamentablemente, no hay suficientes oportunidades laborales en tierra firme como para poder proveer de un buen futuro a tus seres queridos. “Es muy triste, pero lo bueno de trabajar en el extranjero es que tenemos la oportunidad de mostrarle al mundo lo bien que trabajamos los filipinos”, añadió.

El soporte económico parece ser la causa principal por la cual muchos filipinos deciden trabajar en barcos o en el extranjero; el flujo de dinero que llega a Filipinas desde muchos rincones del mundo es inmenso. En el 2019, se estima que ingresaron 32.2 billones de dólares en las islas provenientes de los salarios de los filipinos trabajando fuera del país, siendo esta la principal contribución en la economía filipina.

Las alegrías y las penas de los marinos filipinos que trabajan a bordo de los cruceros
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Paisanos: tu casa lejos de casa

A pesar de que la tripulación filipina se divide entre docenas de puestos laborales diferentes, es fácil darse cuenta de que, cuando terminan sus turnos, a los filipinos les gusta rodearse de sus paisanos. Sin embargo, eso no quita que sean un pueblo de mente amplia y brazos abiertos.

Una de las primeras cosas que me unió a los filipinos fue el básquet. Durante mis primeros días como trabajador, veía caminar a toda prisa por los pasillos a decenas de filipinos vestidos con ropa deportiva. Se dirigían hacia el último piso del barco, donde a menudo hay una instalación de baloncesto. Un día, me animé y decidí subir a explorar. Descubrí que se organizaban partidos a diario, incluso campeonatos que duraban varias semanas. Pensando que quizá sería un evento de “solo filipinos” no me atreví a preguntar, hasta que al cabo de unos minutos fueron ellos los que me invitaron a jugar con ellos.

Otras dos de las actividades más habituales fuera del ámbito laboral son organizar fiestas y tocar música. A menudo se organizan conciertos en el bar de la tripulación, con motivo de alguna celebración. En este escenario los filipinos también me invitaron a participar, teniendo la oportunidad de tocar música y compartir la fiesta con ellos.

A través de estas actividades y otras más, se crea dentro de una ciudad flotante una comunidad fuerte y alegre de paisanos reunidos con un mismo fin.

Anthony Antipolo es empleado en el casino a bordo del barco desde hace 11 años. “Trabajar entre tantos paisanos hace que nunca te sientas solo del todo. Ellos te entienden mejor a nivel mental y emocional, y siempre tienes a alguien con quien poder contar”, aseguró.

Sin embargo, parece ser que, a pesar de ser mayoría, la comunidad filipina tampoco lo tiene tan fácil a bordo de los cruceros.

Problema de actitud, racismo y discriminación

A veces, trabajar rodeado de tanta gente de tu propio país también puede causar tensiones e incomodidades.

Gilbert Ybarola, que empezó su carrera como lavaplatos hace 7 años y ascendió hasta la posición de camarero me explicó que: “trabajar entre paisanos es cómodo porque te entienden fácilmente, sin embargo, también existen ciertas actitudes negativas o envidias por los logros que hayas podido alcanzar”.

A pesar de que un tercio de la tripulación sea de origen filipino, estos no suelen ocupar puestos de mucha responsabilidad dentro de la jerarquía a bordo. Es decir, aunque se les considera grandes trabajadores marítimos, no es nada frecuente ver a un oficial filipino.

“A pesar de que la tripulación es de mayoría asiática, todavía nos sentimos como la minoría”, afirmó Noel.

Una empleada del departamento de atención al cliente, que ha preferido dejar su nombre en el anonimato, me explicó: “no solo a los filipinos sino a toda la tripulación asiática en general, se nos ponen impedimentos para poder ascender a posiciones de más responsabilidad. Aunque se nos dan infinidad de charlas sobre tolerancia cero para la discriminación, nadie puede negar que, aunque disimuladamente, el racismo está presente. De esta forma queda dicho que, tanto filipinos como asiáticos en general, lo tenemos casi imposible para poder competir con nuestros colegas europeos y americanos”.

Sin embargo, hay una tendencia que esto está cambiando. En mis años como tripulante pude ver a filipinos con altos cargos dirigiendo departamentos importantes. Eso sí, a pesar de esa tímida curva de cambio, no es la sensación general entre los filipinos.

La crisis sanitária

El sector turístico ha sido con diferencia uno de los más afectados por la irrupción de la COVID-19. Si se mezcla un factor de extrema confinación en espacios cerrados (aviones y barcos en su mayoría), el resultado es desastroso.

Contando solo las tres compañías más grandes de cruceros (Norwegian Cruise Lines, Carnival y Royal Caribbean), las pérdidas se estimaron alrededor de 900 millones de dólares desde el inicio de la pandemia.

Cuando el COVID-19 se apoderó del mundo, los primeros en desembarcar de los cruceros y regresar a sus hogares fueron, por supuesto, los huéspedes. A continuación, vino la crisis de la repatriación de todos los trabajadores, a excepción de los indispensables para “mantener el barco a flote”.

Esta operación no ha sido fácil, puesto que la mayoría de países cerraron sus fronteras aéreas, y el desembarco de personal en puertos extranjeros se prohibió. De esta manera, durante meses, más de medio millón de tripulantes vivieron a la espera de que las compañías, las aerolíneas, los gobiernos y demás entidades se pusieran de acuerdo.

Además, se estableció la convención “no work, no pay”, (si no hay trabajo, no hay salario), contribuyendo aún más a la desesperación e incertidumbre de los afectados. Poco a poco, sin embargo, la repatriación empezó a tener efecto. Muchos trabajadores eran agrupados por nacionalidades y enviados por avión a algún aeropuerto cerca de sus destinos. En otros casos, como es el ejemplo de muchos filipinos, fueron traspasados a algunos pocos barcos que cruzaron océanos hasta llegar al puerto de Manila, donde de nuevo tuvieron que esperar el permiso de las autoridades para poder poner pie en tierra firme.

Para muchos tripulantes, todo el proceso duró entre tres y cuatro meses de angustia, depresión y miedo. La auténtica batalla, por eso, surgiría una vez en casa, ya que sin los ingresos sustanciales que proporciona el trabajo en los cruceros, mantener la economía doméstica volvería a ser un reto.

“Esta situación está siendo extremadamente dura y deprimente. Todos mis planes se desvanecieron al instante, sin embargo, tengo que mantenerme firme”, Antipolo me confesó.

De nuevo en casa, volver a enfrentarse a una economía incluso más empobrecida que antes fue un golpe muy duro. Muchos filipinos tuvieron que buscarse la vida en oportunidades donde, o bien se les consideraba sobre-cualificados por su experiencia en los barcos, o bien tenían que resignarse a una reducción significativa de sueldo, o las dos cosas al mismo tiempo.

El gobierno filipino puso en marcha un plan de ayuda económica para los repatriados de los barcos, el conocido programa AKAP (“Abot Kamay ang Pagtulong” en filipino o tagalo) del Departamento de Trabajo y Empleo, que consistía en un único pago de 200 dólares. A la vez, iniciativas similares como ésta no fueron suficientes, según parece, para los trabajadores que siempre permanecieron en las Filipinas, considerando que los ahorros hechos por los paisanos tripulantes tendrían que ser suficientes como para poder aguantar durante unos meses.

Tuazón tuvo que abandonar su carrera de músico profesional, y luchó por encontrar un empleo con el que mantener a su familia. “Intenté trabajar como vendedor online y como repartidor, pero era insuficiente. Un día, mi mujer y yo decidimos abrir un pequeño negocio de comida cerca de nuestro domicilio y eso ayudó a poder mantener a la familia. Gracias a Dios después de 8 meses sobrevivimos, y pude volver a los cruceros a ejercer mi profesión”, me explicó.

Y es que parece que, poco a poco, la industria de los cruceros vuelve a activarse, eso sí, con estrictas restricciones. De momento es obligatorio para tripulantes y pasajeros un certificado de vacunación. En el caso de la mayoría de trabajadores, las compañías están proporcionando este servicio. Después de las debidas cuarentenas los tripulantes son aceptados en el barco, donde solo podrán salir a visitar los destinos dentro un grupo reducido bajo supervisión.

El brote de COVID-19 ha sido, una vez más, otro reto a superar para una comunidad acostumbrada a luchar para poder proveer de un futuro esperanzador a sus hijos e hijas. Más de 300.000 trabajadores filipinos en el extranjero fueron repatriados en 2020, mientras que 1,6 millones de ellos fueron desplazados por la pandemia hasta octubre del año pasado.

A pesar de todas estas desgracias a cargo de la pandemia, parece que la situación se va normalizando poco a poco. La mayoría de mis amistades de Filipinas hechas a bordo de los cruceros están trabajando de nuevo, a pleno ritmo y siempre con una sonrisa en la cara, tanto para los pasajeros como para los compañeros, hasta el final del día.


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Eduard Giró
Eduard Giró es músico y escritor. Después de varios años trabajando como músico, productor y escritor en Barcelona, se embarcó en su primer crucero, empleado como guitarrista y redactor de contenidos en Royal Caribbean. Actualmente se dedica a la elaboración de textos y artículos de carácter divulgativo y creativo para diferentes medios. Siempre de la mano de la música, también trabaja produciendo proyectos ajenos que le llegan de muchas partes del mundo.

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