Los puntos de vista y opiniones expresados en este artículo son los del autor y no reflejan necesariamente la política o posición oficial de La Jornada Filipina.

Opinión

Opinión: ¿Qué aportó España a Filipinas?

Escritor de opinión invitado

Este artículo está disponible en inglés.

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Ahora que estamos celebrando 500 años de un encuentro que cambió las vidas de nuestras dos tierras, raro es el día en que no leo algún comentario en redes como Facebook en el que algún filipino aborrece tal encuentro y considera que España no aportó nada a Filipinas. A estas alturas de mi vida comprendo bastantes cosas, y entiendo que alguien tenga motivos para sentir de esa manera una parte tan importante de su historia. Lo acepto y trato de no discutir con él, pues entrar en ese tipo de debates se me arroja una tarea estéril: algunos repiten una y otra vez ideas ya aprendidas, otros dan la callada por respuesta cuando les aportas argumentos, y en fin, la mayoría dejan traslucir un odio muy profundo a España, vaya usted a saber por qué razón.  

El caso es que en esta ocasión, el leer un comentario que decía “Más allá de la religión “verdadera”, ¿qué nos aportó España?” me acabó impulsando a escribir estas líneas, tal vez influenciado por la lectura del libro de Julio Palacios “Filipinas, orgullo de España.” En ellas intento reflexionar acerca de lo que supuso la etapa española de la historia filipina:

En primer lugar, es evidente que España aportó a Filipinas una unidad reconocible en cuanto que estado. Algunos argüirán, no sin razón, que aquélla no se logró alcanzar, puesto que existió y aún hoy subsisten regiones como la de Mindanao o del interior que continúan sin aceptar la autoridad de Manila. Pero lo que es indudable es que Filipinas, a día de hoy mantiene la unidad política que le aportó la colonización española. Unidad política (o territorial, si se prefiere este término) conseguida sin eliminar las lenguas propias del archipiélago, como tampoco eliminó España a las diferentes etnias que lo poblaban. Es más, los misioneros escribieron gramáticas de aquéllas, porque lo que deseaban ante todo era evangelizar.

La lengua que España no impuso, sino que fue aportada por los colonizadores (razón, en parte, por la que no llegó a consolidarse), fue considerada por muchos escritores filipinos, que se expresaron mediante ella y alcanzaron grandes cotas literarias — más allá del “Noli me tangere” — como el “más hermoso de los tesoros”. En esa lengua se redactó la primera Constitución filipina y se escribió el himno nacional.

España construyó ciudades, algunas tan hermosas como Vigan — Patrimonio de la Humanidad — o la vieja Manila, hoy perdida para siempre, así como infinidad de iglesias que son el asombro de cuantos os visitan (algunas igualmente reconocidas por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad y que, en los Estados Unidos, por ejemplo, no existen más que precisamente en aquellas zonas en las que España tuvo su influencia).

También desarrolló infraestructuras, creó centros de enseñanza, con la Universidad de Santo Tomás a la cabeza, en la que estudiaban españoles y naturales, escuelas agrícolas, de farmacia, así como el Conservatorio o la Escuela de Artes y Oficios de Manila. Artistas como Juan Luna y Novicio o Félix Resurrección Hidalgo, por ejemplo, alcanzaron los primeros puestos del Certamen Nacional de Pintura de Madrid. Jesús Balmori, Antonio M. Abad o Adelina Gurrea estuvieron a la altura de los grandes escritores de su tiempo en lengua castellana. Muchos de los más grandes personajes de la historia filipina se educaron en español, y todas las formas de arte florecieron cuando todavía Filipinas era parte de esta vieja nación. Es probable que casi ningún talento se perdiera, y si eso sucedió, sería en la misma medida en que sucedía en España: baste citar el caso de Nicanor Abelardo, que comenzó tocando la bandurria en su perdida localidad natal, y llegó a ser un insigne compositor.

También podría hablarse de la unidad política y legislativa: todavía el Código Civil filipino presenta una innegable influencia del nuestro, razón por la cual se ha establecido un intercambio entre la Universidad de Málaga y el Ateneo de Manila, dentro del programa Erasmus, que contribuye a fortalecer el vínculo entre ambos países. Algunas de las empresas más importantes, como fueron la Tabacalera o San Miguel, se constituyeron con capital español. Dichas compañías, en manos filipinas o extranjeras, siguen siendo de una entidad comercial enorme.

España dejó una religión, unas costumbres y unas tradiciones que se mezclaron con las vuestras; fruto del encuentro y cruce de culturas, surgieron una nación y una cultura únicas en el mundo. España dejó una gastronomía, que se enriqueció con la autóctona, dando lugar a una gastronomía única. Introdujo especies animales, formas de cultivo, especies animales y vegetales. Os dio muchos de los nombres y apellidos actuales, el nombre del Banco Nacional y de la moneda que se sigue utilizando.

Creo que España supo integrar las diferentes culturas y no eliminarlas, ni imponer el mismo estándar que actualmente Estados Unidos impone a todo el mundo gracias al cine y a la televisión. España fue bastante respetuosa con aquella diversidad, pues de hecho fue la primera en recopilar por escrito las distintas lenguas, siguiendo el modelo de la Gramática de Nebrija. De hecho, la diversidad lingüística filipina desmiente por sí misma cualquier acusación en el sentido de una presunta imposición el castellano (aunque esto da igual, también se acusa a España de no haber querido enseñarlo, para así mejor poder dominar al pueblo).

España tampoco esquilmó las riquezas del país: la minería no fue explotada hasta que llegaron los norteamericanos, que enseñaron aquello de “español malo, americano bueno” desde el minuto cero. En realidad, Filipinas no tuvo superávit comercial sino de forma muy esporádica: lo que generaba eran más bien pérdidas para la corona.

Convendría recordar que cuando los americanos llegaron, se vieron sorprendidos por el grado de civilización encontrado, ya que pensaban que poco más o menos allí se vivía en la edad de piedra.

España fomentó un desarrollo que a finales del siglo XIX era la envidia de toda Asia, por hallarse a la cabeza de ese gran continente. No sé cómo sería el reparto de la riqueza, lo más seguro es que fuera, al igual que ahora, poco equitativo, pero es cierto que había un desarrollo mayor que en la metrópoli, en la que la mayoría de la población pasaba hambre y la seguiría pasando hasta casi mediado del siglo XX.

España no masacró sistemáticamente a la población, cuando apenas tenía unos cuantos cientos de soldados para defender todo el país, como afirma Antonio M. Molina. Tampoco esclavizó a la población, mientras que otros pueblos que en contraposición se ven tan ensalzados se dedicaban a la venta de esclavos que “reclutaban” en las islas (de nuevo estoy citando a don Antonio M. Molina).

Quienes nos tachan de imperialistas ignoran que España fue conquistada en larga guerra por los romanos hace casi 2000 años. ¿Saben que algunas ciudades, como Numancia, fueron completamente arrasadas, porque no quisieron rendirse? ¿Saben que el oro que sacaron de Las Médulas provocó la mayor inflación conocida a nivel mundial en toda la historia, y que de él no quedó nada en España? Pero jamás se oirá a un español o portugués quejarse de haber sido conquistado por los romanos, pues fundaron una sociedad civil, que es lo mismo que hizo España en Filipinas — con la diferencia de que fueron más los elementos filipinos conservados en Filipinas que íberos en España.

También fue conquistada por los visigodos, por los árabes y por los franceses. Los primeros, que no eran muchos, acabaron asimilándose con la población hispano-romana. Hasta la reconquista del solar patrio transcurrieron 800 años en recobrar, palmo a palmo, lo que había sido Hispania. Hubo extensiones inmensas, como esta meseta del Duero desde la que escribo, que fueron durante un largo siglo una tierra de nadie, en la que nadie se atrevió a vivir. Los últimos que nos conquistaron, los franceses, se llevaron muchos tesoros y destruyeron otros tantos.

Podría seguir citando aportaciones que realizó España al mundo a través de Filipinas. Que se hicieron muchas cosas mal, lógicamente. Que se podrían haber hecho de otra manera, para mí resulta improbable, porque tanto España como otras naciones han seguido hasta el día de ayer haciendo las cosas con la misma torpeza. Ya es hora de que pasemos página: no podemos estar recordando a los mártires de uno y otro bando, como sucede en nuestra guerra civil (y para muchos la Revolución filipina en buena medida fue eso, una guerra entre hermanos, con hechos reprobables en ambos bandos).

¿Qué pasó para que unas relaciones que hasta los años 60 del pasado siglo eran fraternales y se desarrollaban en la misma lengua hayan dado paso a esa anomalía en que para relacionarnos con un país tan hermanado con el nuestro tengamos que acudir al inglés?

Probablemente fuese un error arrinconar y eliminar el castellano como otra más de las lenguas del país. Como lo fue por parte de España el olvidarse de aquella tierra. Pero aquello ya pasó. Y es momento de pensar en el futuro, pues aún estamos a tiempo de cambiar esa situación, siempre y cuando haya voluntad. Mientras unos y otros sigamos repitiendo las mismas cantinelas que un día aprendimos, no cambiaremos las cosas.

Las relaciones entre los pueblos se pueden fomentar desde los gobiernos, tal vez, pero sin duda, las construyen las personas, el pueblo. Hemos vivido ya demasiados años de espaldas los unos a los otros. Ya es hora de que empecemos a reconocernos como miembros de una misma familia. Nos vendrá bien a todos, sin duda.


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Álvaro Rubén García Arroyo
Álvaro Rubén García Arroyo es profesor, habiendo repartido su trayectoria docente entre la música en educación secundaria, el inglés en Bachillerato o Escuela de Idiomas y el piano así como otras asignaturas afines en conservatorio. Apasionado por las lenguas y la Literatura, desde bien pequeño se sintió atraído por el tema de la herencia española de Filipinas, tema en el que ha ido poco a poco profundizando, especialmente en los últimos años.

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