Opinión

Filipinas: visto por los españoles (parte 2)

En la primera entrega de este artículo realicé un recorrido por la literatura que podríamos denominar “antropológica” y de viajes escrita sobre Filipinas por autores españoles; en esta segunda entrega, le va a tocar el turno a la historiografía, campo en el que se han hecho importantes aportaciones en los últimos años, y que trascienden la visión más personal y siempre subjetiva del viajero, que es sustituida por la del estudioso, que trata de abordar el tema con una mayor profundidad y con una visión más amplia y contrastada.

Voy a permitirme hacer una excepción, ya que este artículo va dirigido a la percepción que de Filipinas que han tenido y tienen los españoles, comenzando  el mismo con una obra, la “Historia de Filipinas”, de Antonio M. Molina, publicado en 1984, que fue escrita por un autor que no español, sino filipino: un filipino representante de esa larga plétora de hijos del país que se han sentido profundamente ligados a España, tanto desde el punto de vista cultural como, sobre todo, del emocional. De hecho, este autor está considerado uno de los mayores hispanistas filipinos de la segunda mitad del siglo XX; lamentablemente, y a pesar de su talla, no son muchas las reseñas que pueden encontrarse sobre su figura en la red, dándose la circunstancia — muy española por cierto — de que la única referida a él que aparece en la Wikipedia está escrita en portugués. En el año 2019 sus herederos cedieron a la Universidad de Santo Tomás su colección de libros, tal como hicieran en su día sus fundadores, Diego de Salazar y Miguel de Benavides.

Su visión de la “Historia de Filipinas” es relatada de forma exhaustiva y dividida en capítulos que siguen un orden cronológico, constituidos por una serie de acontecimientos o personajes que son reseñados por su mayor o menor trascendencia. La obra recorre la trayectoria histórica del país desde su prehistoria hasta nuestros días y es la única historia filipina documentada en las fuentes originales escrita en español por un autor filipino.

Aparece consignado cada acontecimiento sucedido a lo largo de esa historia en común, desde la manera en que se produjeron los primeros contactos entre locales y españoles, los encuentros, ya pacíficos, ya violentos, las adhesiones de algunos caudillos y la oposición de otros a toda relación con los españoles, las sublevaciones de chinos o japoneses, las múltiples vicisitudes, invasiones o intentos de invasión de otras potencias y cómo filipinos y españoles hacían frente común ante ellas, en fin, una historia que resulta parecerse muy poco al discurso oficial que los filipinos aprenden en la escuela o en la enseñanza secundaria y superior, básicamente hispanófobo. Lamentablemente, cambiar dicha percepción parece una tarea titánica, y aún más en esta época que puede ser cualquier cosa menos reflexiva.  

En ella se dice, entre muchas otras cosas, que durante el dominio español, se unificó políticamente el archipiélago, anteriormente estaba compuesto por varios estados y ciudades-estado independientes y que después de 300 años de colonización y evangelización, Filipinas contaba con telégrafo, telefonía, sanidad, universidades como la de Santo Tomás, con alrededor de 2.000 alumnos (apenas unos 250 de ellos españoles) y más de 350.000 niños escolarizados en todo el país. Algo que en más de una ocasión, se olvida de manera interesada, como lo olvidaron, por supuesto, los norteamericanos, pues aquello no casaba muy bien con la imagen que se ha vendido de España.

Muchas curiosidades hay en la obra, aspectos que llaman la atención, empezando por el florido estilo del autor. En la página 73 se puede leer, hablando de una expedición contra el caudillo chino Limahong al objeto de liberar a los filipinos de la dominación por él  impuesta: “para el 15 de mayo de 1575 hay ya 250 soldados en Manila, al mando de Juan Salcedo, dispuestos a marchar contra Limahong y sus fuerzas. Para defender Manila se cuenta con 100 soldados y 30 marinos. En Cebú quedan 20 soldados que lo defiendan, mientras que en Ilokos hay 40 para el mismo fin. Estas eran todas las fuerzas españolas en las islas.”

Y algo más adelante, en la 144, dice: “En esta época de nuestra historia, para las 22 provincias filipinas que en realidad de verdad quedan sometidas al dominio español, sólo hay 1.700 soldados, todos naturales del país. Como muchos de estos se encuentran distribuidos por las doce guarniciones principales de las islas, es claro que el gobierno cuenta con una fuerza lastimosamente escasa para atender las necesidades militares del archipiélago. Por ello se estima mucho más conveniente que las relaciones con los régulos Joló y Mindanao se deriven por cauces diplomáticos en vez de insistir en las expediciones bélicas.” Ambas citas dan evidencia de los medios que podía emplear España para dominar un territorio en el que los españoles siempre estuvieron en abrumadora minoría: igual convendría empezar a repensar la historia …

También se reseñan las tensas relaciones entre iglesia y estado, ya desde los primeros tiempos, y se da cuenta de los sucesivos desencuentros entre los distintos gobernadores generales y arzobispos de turno. Se refieren los abusos cometidos por algunos españoles sobre algunos naturales y los castigos para aquéllos y compensaciones para estos, cuando los hubo. Como práctica llamativa, cada vez que se nombraba un gobernador general — solían estar en el cargo 8 años, a su llegada éste debía realizar el “juicio de residencia” de su predecesor, que no siempre resultaba favorable.

No entraré en más detalles de esta magna obra, para cuya redacción su autor consultó unos 15.000 documentos, que actualmente se encuentra agotada en España, e ignoro por cuántos habrá sido leída en Filipinas.

Desde la aparición de esa obra hasta el siglo XXI no hay muchas monografías publicadas, hasta llegar al año 2001, con la aparición del libro de María Lourdes Díaz-Trechuelo que lleva por elocuente título el de “Filipinas, la gran desconocida. 1565-1898)”. Dicha autora, reconocida especialista en arquitectura hispana en Filipinas, elaboró este ensayo, “sin pretensiones eruditas”, para divulgar el pasado del archipiélago durante el tiempo en que fue colonia española — muchos son quienes afirman que no lo fue, pero lo cierto es que a los efectos, sí acabó siéndolo. Y de ahí precisamente vino el desencuentro, porque a comienzos del XIX dejó de ser considerada provincia en pie de igualdad con la Madre Patria. Esta consideración aparece en el libro anteriormente citado.

Describe con detalle la peculiar cuestión eclesiástica, pormenoriza los ensayos reformistas de la segunda mitad del XVIII y reconoce corrupción y relajo de comerciantes y autoridades (en el libro de Molina, se señalan tanto estos aspectos, como aquellos que muestran también la actitud contraria, castigándose los desmanes cada vez que se tiene conocimiento de los mismos).

La última parte de la obra se refiere a la emancipación de la corona española, si bien lo hace desde una perspectiva que, aunque reconoce los muchos atropellos de todo tipo padecidos por nativos en beneficio incluso de párrocos y misioneros, así como la dura represión de los militares (que probablemente no llegó a niveles como los exhibidos por el general Weyler en Cuba, pero sin duda lo fue, no en vano por allí anduvo el señor), en el fondo trata de justificar toda medida adoptada por España mientras duró su presencia en el país, lo cual es evidentemente discutible, tal y como señala el historiador Miguel Izard en una reseña sobre la obra. Señalemos que dicha actitud es la misma de Antonio M. Molina, siendo filipino.

En 2015 aparece el libro “Los (últimos) caciques de Filipinas. Las elites coloniales antes del 98”, de Juan Antonio Inarejos Muñoz.

Este libro plantea una nueva vuelta de tuerca al entramado de poder que caracterizó a las Filipinas de los siglos XVIII y XIX (lo que Marcelo H. del Pilar definió en 1889 como una auténtica “frailocracia”: el estudio de las elites locales. Frente a la tradicional historia institucional, los modos de acción colectiva de estos grupos subalternos — gobernadorcillos, capitanes municipales, o simplemente “caciques” — han llamado la atención de los especialistas en Filipinas, haciendo hincapié en “las relaciones entre las autoridades españolas y las clases dirigentes locales, la ambivalente labor de intermediarios de las clases dirigentes filipinas o las fuentes de poder social y económicos de los encargados de dirigir las ‘principalías’”.

El autor bucea en los ricos fondos del Archivo Nacional de Filipinas para entender las estructuras de poder político del archipiélago (exceptuando los sultanatos de Mindanao y Joló) durante el siglo XIX. Desde esta óptica, el autor no analiza las clases dirigentes locales en términos de su resistencia frente al poder colonial, sino que se interesa más bien por la participación de dichos grupos en los procesos de cambio histórico. Se trata de un libro escrito con una elegancia y una solidez investigadora que engancha desde la primera página.

Una de las apariciones más recientes y una de las más sobresalientes contribuciones al filipinismo es la que lleva por título “Estudios Filipinistas”, de Pilar Romero de Tejada (de 2019), directora durante varias décadas del Museo Nacional de Antropología. En su conjunto, el corpus de textos de la presente edición ofrece un original acercamiento a la realidad humana del archipiélago filipino (representado en el arte, la religión, las costumbres y, en general, la cultura filipina), y que es heredero de los estudios antropológicos correspondientes a las exposiciones de finales del siglo XIX, riquísimo patrimonio que España todavía conserva y que la autora ha contribuido sin duda a poner en valor.

Casi con toda probabilidad, la persona que más ha aportado en España al conocimiento y estudio de Filipinas ha sido sin duda María Dolores Elizalde Pérez-Grueso, y a ella dedicaremos íntegramente la tercera y última entrega de esta serie de reseñas sobre las obras sobre Filipinas escritas por autores españoles que esperamos sirva para animar al lector interesado a salir de sus ideas prefijadas, de los tópicos de la leyenda negra y rosa en las que parece que indefectiblemente tenemos que situarnos, para plantearse que fueron muchas las cosas que sucedieron a lo largo de esos más de tres siglos de las que no tenemos conocimiento, sin las cuales resulta imposible entender el presente.


Los puntos de vista y opiniones expresados en este artículo son los del autor y no reflejan necesariamente la política o posición oficial de La Jornada Filipina.


Ayude a mantener gratis La Jornada Filipina
Done ahora.


Álvaro Rubén García Arroyo
Álvaro Rubén García Arroyo es profesor, habiendo repartido su trayectoria docente entre la música en educación secundaria, el inglés en Bachillerato o Escuela de Idiomas y el piano así como otras asignaturas afines en conservatorio. Apasionado por las lenguas y la Literatura, desde bien pequeño se sintió atraído por el tema de la herencia española de Filipinas, tema en el que ha ido poco a poco profundizando, especialmente en los últimos años.

    Los comentarios están cerrados.

    0 %