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Filipinas: Visto por los españoles (Parte 1)

En el imaginario colectivo actual de los españoles Filipinas no es, probablemente, uno de los países más conocidos, sobre todo teniendo en cuenta las décadas que llevamos viviendo de espaldas hacia la que un día fue nuestra “perla de Oriente”, y la cada vez más evidente ignorancia de gran parte de nuestra población más joven, que por ignorar, ignoran que Portugal no sea una monarquía o que el anterior rey no se llama “Emérito”. Ya se ha dicho en muchas ocasiones que España es una madrastra de sus mejores hijos, y así nos van las cosas.

Sin embargo, y frente a ese desconocimiento, han sido bastantes los españoles que han intentado acercarse a la realidad de ese país y a la parte de la historia que, para bien y para mal, compartimos. Este artículo, y alguno más que lo seguirá, tiene una doble intencionalidad: por un lado, dejar constancia de que, frente al señalado desconocimiento general, ha habido un número relevante de españoles que sí se han interesado vivamente por Filipinas; por otro, despertar la curiosidad del lector de estas líneas por si, a partir de su lectura, se anima a acercarse a alguna de las obras propuestas, aquella que más le llame la atención. Es posible que tras una primera lectura vengan otras, ya que el tema engancha, igual que lo hace el país a quienes se acercan al mismo.

Misioneros y conquistadores

Sin lugar a duda, los primeros que describieron las Filipinas fueron los misioneros y conquistadores que a ellas llegaron, ya desde el siglo XVII, y por ellos habría que comenzar:

El primer relato conocido sobre las Filipinas en la literatura en español será la “Relación sobre el viage de Magallanes de Maximiliano Transilvano. Publicado en 1523, en él el autor entrevista a Juan Sebastián Elcano y demás miembros supervivientes de la expedición. Décadas después, en 1582, aparece la “Relación de las Islas Filipinas de Miguel de Loarca, en la que el autor aporta una detallada descripción de las creencias sobrenaturales y las prácticas religiosas de los antiguos filipinos, a mi juicio de una manera bastante neutral y diría respetuosa, por no tratarse de un religioso.

“Las costumbres de los indios tagalos de Filipinas” de Juan de Plasencia, es un manuscrito de 1589 que Trinidad Pardo de Tavera localizó en un convento franciscano en Manila y publicó en 1892. Lo volvió a publicar Fernando Cid Lucas en 2015, con un estudio preliminar y una edición crítica del mismo. El autor, monje franciscano, da cuenta de los conocimientos astronómicos de los antiguos filipinos, así de su creencia en los augurios. Da cuenta de doce tipos diferentes de brujas, chamanes y sacerdotes, en su opinión adoradores del demonio todos ellos.

Tal vez una de las obras más importantes sobre los inicios de la historia colonial española en Filipinas es la que lleva por título “Sucesos de las Islas Filipinas”, de Antonio de Morga,  publicado en  Méjico en 1609. Fue traducido al inglés en 1868  y en Cleveland en 1907. Este libro causó una profunda impresión en José Rizal, que decidió anotarlo y publicar una nueva edición, que concluyó en París en 1890.

Junto a todos estos libros, llama la atención uno, el denominado “Códice Boxer”, creado bajo el gobierno de Gómez Pérez Dasmariñas (1590-1593) y descubierto a mediados del siglo pasado; se trata de un documento absolutamente excepcional, tanto por su contenido textual como por sus bellas ilustraciones en color, probablemente realizadas por un artista chino del parián de Manila.

En sus páginas el códice recoge veintidós jornadas, derroteros y, sobre todo, relaciones etnográficas de procedencia diversa, la mayoría escritos originalmente en castellano, y otros traducidos del portugués o del chino. Entre textos e imágenes, ofrece información sobre los pueblos nativos de Guam y Filipinas, el sudeste asiático (Borneo, Maluku, Java, Aceh, Patani, Siam, Nueva Guinea), las costas de Champa y Vietnam, el norte de Formosa (actual Taiwán), Japón y China.

El año pasado la Universidad de Barcelona publicó “El Códice Boxer. Etnografía colonial e hibridismo cultural en las islas Filipinas”, libro que reúne, por primera vez, diversos estudios con el objetivo de dar respuesta a los innumerables interrogantes acerca de su autoría, su cronología precisa, sus finalidades y su carácter culturalmente híbrido.

Viajeros más o menos ilustres

Seguiré este breve recorrido citando la obra “Viajes por Filipinas”, de Juan Álvarez Guerra, bisabuelo de los insignes poetas Antonio y Manuel Machado, y que fue magistrado de la Audiencia de Manila (Filipinas), miembro del Consejo de Ultramar y Comisario de la Exposición de Filipinas en 1887. Años antes, en 1871 escribió, por encargo del gobernador general de Filipinas, Rafael Izquierdo, tres libros de viaje en los que describe el archipiélago, aportando datos relevantes de carácter etnográfico, geográfico, histórico y político. El primero se tituló “De Manila a Albay”, el segundo “De Manila a Marianas” y el tercero “De Manila a Tavabas”. A pesar de no ser demasiado conocido en la actualidad, se siguen reeditando periódicamente, en español y en inglés, y todavía hoy resultan de una amena lectura, al igual que sucede con el titulado “De las islas Filipinas”, de Prudencio Álvarez y Tejero (1842), que trata principalmente sobre la situación económica del archipiélago.

Un caso digno de mención es el de Josep Joaquim Bonet i Serra, autor de un manuscrito recientemente descubierto y publicado, titulado “Un viaje a Filipinas”. Su autor fue un pintor alicantino que pasó por allí haciendo el servicio militar (un servicio militar del que sólo se libraban aquellos hijos de familia acomodada que podían comprar su exención previo pago de 2000 pesetas), y contó en un manuscrito ilustrado por él mismo la dura realidad del archipiélago en 1890. En él descubre un mundo asombroso y exótico, repleto de alimentos, mareas, poblados y embarcaciones de los que muy pocos en la España de fines del XIX habían oído hablar.

El autor es muy crítico con la administración española, denuncia que el pueblo filipino está prácticamente abandonado y ahonda en la baja moral del ejército de la metrópolis al que pertenece, así como de sus escasos medios militares. No en balde, presagia la inminencia de la independencia.

Pero no todo son sombras: el autor se ve asombrado por el cruce de culturas y razas de aquella Filipinas: describe y dibuja a los componentes de la sociedad indígena, a chinos y a indios, tanto a los “más comunes” como a quienes pertenecen a la aristocracia.

Bonet se ve atrapado por los paisajes tanto urbanos como rurales, las peculiares viviendas de la población indígena o sus embarcaciones. Le asombran las grandes mareas del Océano Pacífico, inexistentes en el Mediterráneo. Otras costumbres que le extrañan son las peleas de gallo o los fumaderos de opio. También la piña, el plátano, el mango o el coco y en general la dieta local.

A principios de los años 20 pasaría por allí uno de los más ilustres viajeros, el renombrado Vicente Blasco Ibáñez, que por entonces se encontraba en la cumbre de su existencia y de su carrera. Inquieto y vitalista, emprende un periplo de seis meses para experimentar, y luego compartir con sus lectores, las impresiones, emociones, acontecimientos y anécdotas que a lo largo de él le van saliendo al paso. Todo ello se traduciría en “La vuelta al mundo de un novelista”, un carrusel ameno e inolvidable de lugares, pueblos y personas en el que el autor hace desfilar ante los ojos del lector la espléndida y fascinante variedad de unos paisajes de leyenda, hoy en gran parte trivializados o desaparecidos.

En “Asia se vive bajo la estrellas” (1974),  José María Gironella analiza y relata su experiencia oriental a lo largo de ocho países, entre los cuales está lógicamente Filipinas, aportando una visión clara, concisa y objetiva del país, sus gentes y sus problemas sociales.

Algunos años más tardes sería uno de los grandes “animales políticos” de nuestra historia reciente, Manuel Fraga Iribarne, quien pasaría por el país y dejaría sus impresiones en un libro titulado “De Santiago a Europa, pasando por Filipinas” (1988).

El último de estos viajeros curiosos es Manuel Leguineche, uno de los grandes periodistas españoles de nuestro tiempo y uno de los pocos que supo crear un estilo tan personal como atractivo para las grandes audiencias. En 1989 escribió “Filipinas es mi jardín”, en el cual describe las Filipinas de la familia Marcos.

Y hasta aquí llega esta primera entrega de las obras escritas por españoles sobre Filipinas, que espero pueda despertar la curiosidad de más de un lector a adentrarse en este apasionante mundo que constituyen las relaciones entre ambos países, desprovisto de ese prurito de antiguo conquistador que se le escapa en ocasiones a más de uno (pasamos de la autocrítica exacerbada e inmisericorde a una mal entendida exaltación patriótica con tremenda facilidad, sin ser capaces de atisbar ese equilibrio en el cual se supone estaría la virtud). Para la próxima entrega quedan algunos títulos de una lectura apasionante, siempre que dispongamos de ese bien tan escaso en nuestra sociedad actual: el tiempo.


Los puntos de vista y opiniones expresados en este artículo de opinión son los del autor y no reflejan necesariamente la política o posición oficial de La Jornada Filipina.


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Álvaro Rubén García Arroyo
Álvaro Rubén García Arroyo es profesor, habiendo repartido su trayectoria docente entre la música en educación secundaria, el inglés en Bachillerato o Escuela de Idiomas y el piano así como otras asignaturas afines en conservatorio. Apasionado por las lenguas y la Literatura, desde bien pequeño se sintió atraído por el tema de la herencia española de Filipinas, tema en el que ha ido poco a poco profundizando, especialmente en los últimos años.

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